Lo más pasmoso del goteo de corruptelas, que una tras otra han ido aflorando en las instituciones hasta descollar en el caso Gürtel (cuyos trajes sólo son la punta del iceberg), es la cara dura de algunos políticos, que sin sonrojarse dicen no saber nada, aunque son ellos los “presuntos” responsables. Esto vendría a ser como si al conductor de un autobús le bastara con decir que él no sabía que las ruedas traseras estaban aplastando a un niño para quedar impune, lo cual daría un claro ejemplo a los demás conductores, que lo imitarían.
Opino que, como quiera que los cargos públicos cobran por sus servicios, su responsabilidad en los hechos acaecidos bajo su mandato es incuestionable, y que su impunidad supone un claro estímulo para este tipo de actitudes. Da a entender que su juramento es una engañifa, un fraude cuya dejación resulta gratis, una especie de jocosa mojiganga para divertimento de los elegidos, que de hecho, están por encima de la ley.