Un vídeo de National Geographic que descubrí leyendo hace poco en el blog de Alberto Aranda Aranda, que trata sobre la población mundial y su repercusión en el planeta. Merece la pena su visualización.
Un vídeo de National Geographic que descubrí leyendo hace poco en el blog de Alberto Aranda Aranda, que trata sobre la población mundial y su repercusión en el planeta. Merece la pena su visualización.
Hay 950 millones de hambrientos en todo el mundo, 4.750 millones de pobres, 1.000 millones de desempleados, más del 50% de la población mundial activa está subempleada o trabaja en precario, el 45% de la población mundial no tiene acceso directo al agua potable, 3.000 millones de personas carecen de acceso a servicios sanitarios mínimos, 113 millones de niños no tienen acceso a la educación y 875 millones de adultos siguen siendo analfabetos. 12 millones de niños mueren todos los años a causa de una enfermedad curable…
¿Qué hacemos para remediar en la medida de nuestras posibilidades estas tragedias que no ocupan los titulares de los medios de comunicación porque son más importantes otros temas como que el Rey o el jugador Casillas se hayan dejado barba y por cuánto tiempo?
Después de ver casos como el de Marta del Castillo, Sandra Palo, esos otros dos ocurridos hace poco en Huelva y Córdoba, con menores violentos envueltos en casos de violaciones y asesinatos, cabe hacerse muchas preguntas. Como qué pasa por la mente de esos chicos cuando se ponen a hacer algo así, qué les lleva a hacerlo, qué pasa en sus familias para que les permitan actuar así, qué les han enseñado…
Creo que esto pasa porque ha fallado la sociedad de un modo generalizado: fallan los padres, que se han desautorizado; falla la educación, que tanto se ha reformado sólo para rebajar su nivel y eficacia, y desacreditar a los educadores; fallan los políticos, envueltos en sombríos trapicheos en lugar de representar a los ciudadanos; falla la ley, que más parece amparar y proteger al delincuente que al ciudadano de a pie; fallan las instituciones, obsesionadas sólo por (ganar) el dinero; fallan las Administraciones, preocupadas por sostener pugnas nacionalistas cavernarias.
No os extrañéis de lo que ha pasado, extrañaos de que no pase más a menudo. Vivimos en una sociedad enferma que dice apoyar unos valores cuando defiende otros muy distintos, en la que el individuo está cada vez más desamparado. La única ley que parece valer hoy es el “tanto tienes, tanto vales”.
No hay más que encender la tele. Los jóvenes (y la gente en general) creen que pueden hacer lo que se les antoje, que sólo tienen privilegios y no obligaciones. Nadie sabe qué es la responsabilidad. Y no hacemos nada por evitarlo. El mundo hacia el que vamos es para echarse a temblar.
¿Aportamos nuestra colaboración para que en la medida de nuestras posibilidades funcione la cooperación ciudadana para la calidad de vida de la ciudad? Yo estoy segura de que no, sobre todo en cuestiones de limpieza, respeto a las normas de circulación y al descanso de nuestros conciudadanos, sin olvidar el comportamiento en los medios de transporte públicos, en los hospitales y en los establecimientos de índoles comerciales y públicos.
Por poner algunos ejemplos, puedo empezar por los que dejan las bolsas de basura junto a los contenedores en lugar de echarlas dentro, seguir con los que cruzan las calles fuera del paso de peatones o con los semáforos en rojo, continuar con aquellos que acuden a los hospitales en grupo para visitar a los familiares y no respetan al enfermo que hay en la cama contigua que probablemente pretenda descansar, recordar las personas que no respetan las colas de los autobuses y ventanillas públicas, acordarnos de los que no ceden los asientos a las personas impedidas o con determinados problemas físicos, extenderme con los fumadores que no respetan los espacios cerrados donde hay niños y personas con padecimientos pulmonares, y terminar con los que su forma de vida está compuesta de chillar y formar escándalo amén de poner la música de tal manera que los vecinos no puedan descansar.
De qué sirve que nos llamemos europeos y nos digan que somos la novena potencia mundial si luego nuestro comportamiento adolece los mínimos elementos cívicos de convivencia ciudadana. Hasta cuándo nos vamos a dejar de mirarnos el ombligo y pensar que somos los mejores del mundo cuando la realidad manifiesta deja mucho que desear.
En fin, todo es mejorable, sólo hay que proponérselo.